La estrategia gubernamental de intervenir en las denominadas zonas calientes se reduce, una vez más, a una narrativa de operativos focalizados que ignoran la magnitud real de la crisis de violencia que asfixia a los ecuatorianos. Mientras el discurso oficial insiste en la articulación con gremios como bares y restaurantes, el ciudadano de a pie continúa atrapado en el fuego cruzado, observando cómo la presencia policial se limita a patrullajes intermitentes que no logran desarticular las estructuras criminales que se han tomado el control del territorio.

Las autoridades defienden su gestión bajo la premisa de la mediación, asegurando que "si bien es cierto, tenemos muchos conflictos en el territorio, tratamos de ser mediadores". Esta postura, lejos de transmitir seguridad, revela una preocupante incapacidad del Estado para imponer el orden y ejercer la autoridad necesaria frente a grupos delictivos que no negocian bajo los parámetros de una mesa de diálogo, dejando a los barrios en una situación de indefensión absoluta.

El impacto de esta gestión es evidente: la articulación con asociaciones comerciales no compensa la falta de un plan integral que devuelva la paz a las calles. La ciudadanía, cansada de operativos que se presentan como grandes logros pero que no alteran la estadística de criminalidad, exige resultados concretos y no solo mediadores en zonas donde el Estado ha perdido, hace tiempo, la capacidad de respuesta frente al avance del terror.
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Fuente original: Sonorama Nuevo dia